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El Angel del Regreso
Blog de ismaelpepe

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08 de Marzo, 2010 · General

"El hombre que vendió su alma al diablo"


“El hombre que vendió su alma al diablo”

Es noviembre en Villa Dolores, el sol abrasa las siestas de mi calle, calcinando los pies descalzos de esos pocos  niños osados que se atreven a desafiar su hora de fuego. Mientras me dirijo al cementerio, atormentado por el intenso calor; busco en vano refugio caminando por las veredas mínimamente sombreadas por ralos arbolillos de paraísos y olmos. Sólo a un loco como yo se le podría cruzar temeraria hazaña, llevarles flores a sus difuntos en estas horas de fuego sagrado. Pero yo soy así, como las iguanas, decía tía Juana. Buscando siempre mi solaz en las siestas tórridas, refugiándome en ella, mientras los demás le huyen a su rigor que se abate implacable sobre toda criatura viviente. Heme aquí, con mi ramo apretado por la mano sudorosa, secándome a cada segundo la sal de mi frente que arde.

Ya llegando lentamente a destino, ahora sí a mis anchas; por el veredón umbrío de criptas antiguas y pinos añosos, aminoro mis pasos hasta casi barrer el suelo de lozas gastadas con mis zapatos. Aunque muchos temen al camposanto, me siento seguro en sus dominios. Además, me digo, yacen aquí todos los seres queridos que me antecedieron ¿Dónde podría estar más seguro sino en este sitio?

Aspiro con deleite el frescor que emanan los pinares y las callejuelas sombreadas por las altas bóvedas. Por momentos me detengo observando las coronas nuevas, con sus flores ya marchitadas por el sofocón…Y leo en una de ellas su nombre. Hace tres días que falleció don Juan, hombre adinerado como pocos, pero de oscuro y enigmático pasado.

…Luego la veo a ella de improviso, dicho sea, casi nos chocamos de frente con esa anciana. Lleva el rostro abatido de calor y pena (aumentado por el luto de sus vestimentas) Parece ignorarme. Después acomoda sobre el vestal del sepulcro, un jarrón muy bello que extrajo de su bolso, junto con tres claveles rojos que fulguran. Al instante se retira en calmo silencio, como si nunca hubiera existido.

Al verla alejarse cansinamente, la sensación que me invade es de honda tristeza.

Me lo imagino a don Juan, pienso mil conjeturas en mi cerebro ardido de calor. Luego me llego hasta una canilla de agua, he intento refrescarme las sienes abotagadas. ¿Sabrá ella? Me digo, de las miles de leyendas fantasiosas que se urdieron en rededor del difunto. Cosas descabelladas, horribles, que circularon de boca en boca por todo el pueblo. Pienso que tal vez la anciana pudiera ser la esposa del millonario. ¿Pero en verdad, tuvo esposa?  Jamás mi abuela recordó que el viejo haya tenido alguna. Sólo amas de llave se le conocieron y uno que otro amor furtivo, con sirvientillas a quienes nunca empreñó.

Dijeron esas maledicentes lenguas supersticiosas, que a causa de un trato que hizo hace añares con el demonio; fue esterilizado por este, para no ser jamás redimido de su avaricia. Por el amor de un hijo que pudiera llegar a procrear en el futuro (lo cual daría por tierra con ese trato blasfemo) Ya uno sabe que el amor lo puede todo, incluso deshacer los oscuros pactos de Satanás, y eso el maligno no podría permitirlo.

Me esfuerzo en imaginármelo a don Juan, en todos estos años que usufructuó los bienes del mal- La buena vida que se habrá dado- me digo- Nada le costó, ni una miserable gota de sudor de su lomo ¡Así cualquiera! Y mientras voy pensando, como sólo piensan los afiebrados siesteros como yo. Contemplo por unos instantes la elevada cúspide de un panteón, dicen que perteneció a la acaudalada familia Ágreda. Parece un pequeño palacete sombrío, decorado con molduras extrañas, ángeles pequeñitos, regordetes. Y rematando el centro de su alto frontispicio, una enigmática calavera simula intimidarme, vacía de gestos. Me parecen más simpáticos sus rechonchos angelitos.

Vuelvo a imaginármelo a don Juan, no consigo alejarlo de mi mente; acude cual una sombra precipitada por la angustia. Esa angustia que lo empezó a carcomer mientras envejecía inexorablemente, sin salvación posible a su alcance, marchando día tras día al mismo borde de esa sepultura que lo aguardaba para quedarse con su alma.

Cuentas esas lenguas, que se internaba por semanas en el tupido bosque virgen de su inmensa estancia, tratando de encontrar en la sabiduría de la madre naturaleza una cura para su mal. Pero jamás lo halló.

Por más que se empeñara en fornicar por horas con su joven ama de llaves, no consiguió empreñarla nunca. Entonces la telaraña de su desazón crecía hasta hacerse gigantesca, tendiéndole un cerco inexpugnable de frustraciones.

Ya no disfrutaba este presente de regalías económicas otorgadas por Satán, tanto imaginar su porvenir hipotecado.

Cierta vez, supo relatar la joven ama de llaves en oídos de la peonada de la estancia: Que don Juan, orillando los sesenta años, viendo que sus esfuerzos por tener un primogénito, le eran sistemáticamente vedados por la madre natura. Halló en el límite del hastió, y la capitulación del que todo lo ha intentado. Ciertos conjuros Druidas, que el descubrió leyendo un antiquísimo libro que supo comprar en uno de sus frecuentes viajes por  Europa. Siguió relatando la muchacha, que una vez lo persiguió a hurtadillas por el campo, (temiendo que él llegara a descubrirla) tratando de espiar sus misteriosos actos. Viéndole desnudo, de espaldas contra un frondoso algarrobo, masturbándose frenéticamente, volcando con premura sus fluidos corporales en un recipiente de fino cristal. Al que luego ocultó bajo unas ramas. Ella, dominada más por la curiosidad que por el miedo, previo asegurarse de que don Juan se hubiera marchado. Descubrió horrorizada, un frasco ambarino lleno de esperma con una especie de ojo palpitante, que la espantó de tal forma. Que jamás volvió a llegarse por ese lugar  hechizado. Provocando este hecho fortuito, su alejamiento de la estancia. Nunca nadie volvió a verla.

Pienso en esa historia falsa y me rio por dentro. Doy un par de círculos volviendo a pasar por enfrente del sepulcro de don Juan, compadeciéndome de él. Todos los varones sufriríamos si no pudiésemos engendrar un hijo ¡Sería terrible! Debe haber sido una cruz muy pesada para el viejo. En las postrimerías de su vida no tener ni un solo heredero para legarle sus millones. ¡Pobre millonario, pobre!

Sigo caminando, esta vez en dirección a la puerta de salida. Y de repente (…) Me topo con él; mejor dicho, esa cosa fea y deforme me hace señas con su mano blanquecina que apenas asoma de ese bulto de trapos con los que busca ocultar su grotesca figura. Por piedad me le acerco, no sin algo de recelo (a veces la fealdad nos hace imaginar tonterías) Una voz de niño se escapa de ese bulto incordíoso. Creí yo, estar a merced de un lunático, de esos que siempre ocultan las esquinas de los cementerios. Pero no, es un joven completamente cuerdo. Me pregunta, donde podría encontrar la tumba de don Juan. Yo boquiabierto se la señalo, estoy perplejo. Mientras él se dirige a la cripta, lo sigo por pura curiosidad. Acaricia con su blanquecina mano la foto del difunto, y prorrumpe en llanto, diciendo- “Perdóname, llegué tarde, perdóname”-

Me allego pacíficamente, conmovido por su dolor, pongo mi mano sobre lo que parece un hombro y para confortarlo, le digo- Debe ser muy duro perder a un ser querido… ¿Es usted familiar? –Volteando su rostro hacia mí, todavía con llanto en sus palabras, me contesta (descubriéndose el horripilante rostro, con un solo ojo que tiene pestañas como de vaca, que vierte copiosas lagrimas) – “Era mi padre ¡llegué tarde señor, muy tarde!”- Se lamentaba con remordimiento.

Yo, cual un grandísimo e insensible imbécil, ajeno a tanto dolor, le digo con ingenuidad- Nunca supe de que don Juan tuviera un hijo. ¿Es más? Todos por aquí decían que era novillo (estéril)…

El joven, ya consolado un poco de su dolor, me mira con su extraño ojo y me explica con la tranquilidad y la paz de un ángel- “Mi padre fue estéril en su juventud. Incluso hasta que cumplió sesenta años, en que me engendró a mí en el cuerpo de un ama de llaves llamada Dominga. Nací hace tres días, y recién ahora pude salir a buscarlo; pues las piernas me flaqueaban y me sentía débil- Volvió a lamentarse, besando la foto del sepulcro. Mojando el vidrio con sus lágrimas.

Yo, esta vez pensando que la extraña criatura sufría un delirio de esquizofrenia, le pregunté, increpándolo-¡Explíquese por favor! ¿O me está tomando el pelo?

-No señor, yo no fui creado para engañar al prójimo. Del cielo de donde procede mi alma, se desterró la mentira hace milenios.

Soy un druida, y un druida solamente acude a corporificarse en un cuerpo humano, si el propósito que lo peticiona es loable. Mi padre clamó por mi alma a los Dioses Celtas, para que por mi intercesión, lo liberasen de un trato con el maligno. Le diré, que desarrollar mí forma en un vientre de una mortal, fue una larga odisea que llevó veinte años de gestación. No le miento señor. Nací hace tres días.

- ¿O sea que su padre nunca supo del embarazo de su madre?...

-Sí, se enteró por medio de una carta que mi madre le envió. Pero él jamás le creyó. Pensó que quizás esa intervención quirúrgica que le realizó el doctor Güebel, a ella, contra su voluntad; hace veinte años, fue un fracaso…

Yo estupefacto, renové mi pregunta, esta vez, con más dudas que nunca (pues sabía que los implantes de óvulos e inseminación artificial, sólo se realizaban desde hace poquísimos años, y en los centros médicos más avanzados de Europa.)- ¿O sea que don Juan inseminó a la mujer contra su voluntad?...

-Así sucedió- Dijo él resignadamente, y se marchó hacia la salida del camposanto. Donde en sus afueras, bajo la sombra de un añoso pino, le aguardaba un coche Mercedes Benz, de vidrios polarizados. Del cual se escaparon voces que charlaban en un idioma que me sonó a alemán.

Por un momento, confundido y aturullado, me senté en el borde de la calzada. Tratando de elucidar esta oscura fabula, mezcla de ciencia ficción y brujería. Y para calmar mi conciencia y sus punzadas de raciocinio, me dije “Solamente con magia, se puede engendrar un deforme que apenas nacido: camina, llora y habla”

Luego me retiré rumbo a casa, olvidándome de dejar las flores para mis difuntos. Pensando en el revuelo que causaría esta extraña historia en los oídos de mi abuela.

(Este relato pertenece al libro “La casa del bien perdido” autor Ismael Clavero. Cualquier semejanza con la realidad, es mera coincidencia)

“Explicando un poco este tema: Hasta en los últimos momentos de nuestras vidas, siempre hay una posibilidad de redención para nuestros pecados. Pero el ángel del auxilio necesita de nosotros para llegar a tiempo. Aquí llegó tarde, pues el anciano millonario confió en que su salvación devendría de los poderes de la ciencia; y no pudo o no supo ver, que su salvación dependía de  los poderes del Cielo. Nunca las puertas de lo Divino se le cierran por completo al hombre. Pero si él no se anima a golpearlas, estas nunca se abrirán. “Pide y se os dará” Decía nuestro Divino Jesús. Animémonos a ello.

 

publicado por ismaelpepe a las 21:34 · 2 Comentarios  ·  Recomendar
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no saben leyendas
publicado por Logan Henderson, el 22.11.2012 19:45
no saben leyendas
publicado por Logan Henderson, el 22.11.2012 19:45
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Duilio Ismael Clavero

Ismael nacio en la ciudad de Villa Dolores, provincia de Cordoba. En su adolescencia emigro junto con sus padres a la Capital Cordobesa, buscando edificar un porvenir. Escribe desde niño.Su ultimo libro es una novela que narra una historia de amor,entrelazada con aquella antigua leyenda del cacique Comechingon,y el Arcangel Uriel, que le supo contar su abuela paterna...

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