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El Angel del Regreso
Blog de ismaelpepe

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16 de Marzo, 2010 · General

El rosario del angelito inocente


“El rosario del angelito inocente” (cuento perteneciente al libro “La casa del bien Perdido”) autor Ismael Clavero.

 

Cuando monseñor Eduardo, obispo de Córdoba, recibió un expediente del poblado de Chankaní. (Pidiéndole, se digne su Excelencia tomar a su cargo y tramitación: Vía  Ciudad del Vaticano, la beatificación del joven mogólico Rafael) Se rió para sus adentros. No sin cierta malicia. De esos desconsiderados fanáticos que a toda costa querían tener un Santo propio (como todo pueblo que se preciara de cristiano)

Le comentó a su secretario mientras departían en la cena. Que en toda su larga vida de servicio al Señor, no había visto tanta obstinada insolencia, (pues todos los días recibía una pila de cartas sobre el asunto) en un pedido de tal laya. Luego se retiró a sus aposentos a descansar.

Al reflexionar esa noche en su cuarto, tuvo compasión de aquella pobre e ignorante gente de campo. Que no entendían nada de Santos ni de canonizaciones. Tomando el expediente entre sus manos, se fue a recostarse con el fin de echarle una hojeada:

Rafael nunca estuvo más solo en la vida, que aquella fría tarde de mayo. Acarició las manos heladas de su madre y sintió un miedo que desconocía. Con desesperación, balbuceando con su torpe lengua de trapo; intentaba despertarla de su letargo.

Luego de un prolongado silencio, al ver infructuosa su lucha; prorrumpió en un doloroso gemido, cual un animal herido. Ese lastimero llanto fue lo que atrajo a los vecinos más cercanos. Conmovidos por el triste cuadro del inocente y de su madre muerta; trabajosamente lograron desprenderlo del cuerpo de la fallecida.

Pronto la casa se pobló de gente, que colocaron a su madre en una especie de caja de madera, que él no había visto nunca. Solo le fue familiar esa letanía triste que ellos rezaban;  porque la había aprendido de memoria de tanto escuchársela a su progenitora.

Antes de que cayera la tarde, entre todos, llorando y lamentándose por la pérdida de tan valiosa mujer. Llevaron en andas el ataúd, con el fin de darle sepultura en el camposanto que quedaba cerca de allí.

Después todo fue silencio y pena. La noche oscura y triste lo sorprendió solo. Tomó con ambas manos el tejido que su madre dejara sin terminar y lo aferró contra su adolorido corazón. Entornando sus ojillos achinados, se durmió.

“En el sueño se vio junto a Jesús, a quien le reclamó por la ausencia de su madre. El Señor, mirándole compasivamente, sin mediar palabras; lo condujo por un largo puente de marfil bruñido de piedras preciosas, al final del cual se topó con su amada madrecita. Y eran loas de alegría que lanzaba su almita dichosa. Los dos se abrazaron en un segundo que fue eterno. Luego ella le apartó de sí, prometiéndole que volverían a verse de nuevo. Y que por nada del mundo dejara de rezar la oración que supo enseñarle de memoria. Que solamente eso haría que el puente se sostuviera firme. El encantamiento de esa oración sencilla los mantendría unidos y posibilitaría el regreso de ella hacia él.

Las luces de aquella mañana, sorprendieron al inocente, despertándole de su dulce sueño. Y por más que se esforzara, no consiguió regresar a aquel lugar mágico. Un mundo bello del que no quería desprenderse. Gruesas lágrimas rodaron por sus regordetas mejillas. Y repentinamente, como por arte de magia se oyó pronunciando aquella oración de memoria. Esa que prometió a su madre rezar siempre, con tal de que no se extinga aquel puente. Repitiéndola constantemente, se fue a mendigar comida a sus vecinos. Ellos reían de la ocurrencia del muchacho y piadosos depositaron en su plato, sobras de sus magros almuerzos (todos en ese barrio eran de condición humilde)

Cierto día, por extraña casualidad se le dio por llegarse hasta la casa de doña Tomasa. Lo que contemplaron sus ojitos no le trajeron más que un amargo recuerdo. La gente arremolinada alrededor de una oscura caja de madera, lloraba sin consuelo; igual que esa caja en que pusieron a mamita, se dijo.

Entonces, sin que nadie se lo pidiera; tomó asiento junto a los demás dolientes y rezó su rosario aprendido de memoria. Allí mismo, enfrentado a tanto dolor de esos hermanos, dio comienzo su carrera de fervoroso rezador. Donde quiera que se presentara la situación o en donde descubriera un velorio o novenario; echaba sus oraciones a los cuatro vientos.

En uno de aquellos largos días de tantos rezos, se sintió extraño. Como si un puñal de fuego le hubiera atravesado el pecho. Un puñal silencioso que no dañaba, solo ardía crepitante en la calma de su interior. Después tuvo un fugaz momento de claridad, como si recién ahora pudiera entender la causa de todos sus dolores anteriormente padecidos. La pérdida de su padre siendo aún pequeño y después la muerte de su madre. Vio a toda aquella gente llorando y clamando sin comprender, lo que ahora él recién comprendía.

En este hoy que veía con la claridad de la luz verdadera, entendió el enigma que encerraban las palabras que le dijo su madre en aquel sueño y de todos aquellos que sufrían su misma enfermedad…

…Al llegar Monseñor a esa página, rió por la candidez y la ocurrencia del afiebrado que había pergeñado ese cuento del joven con síndrome de Down, tratándole de hacerlo pasar por un caso de beatitud. Luego su mirada llena de cansancio deambuló por el cuarto, en el cual, presidiéndole todo; un cuadro del Arcángel Rafael con su túnica verde limón, se le antojó sobrecargado de ornamentaciones. Después bostezó y rió nuevamente- “Pueblo ocurrente, éste”- Se dijo, luego se durmió y soñó:

En el sueño contempló toda su niñez y buena parte de su adolescencia. Trozos de su vida misma que él creía olvidados. Descubriendo su maldad infantil, cuando junto a otros niños se mofaban de Karen, la mogólita, por ser distinta a ellos. Se reían de sus ojos de japonesa y de su lengua bola que le impedía expresarse con claridad.

Aquella secuencia del sueño pasó velozmente arrojándolo a otra parte de su juventud. Estaba junto a sus amigos y amigas en el salón parroquial del pueblo. Ese día festejaban los quince años de Karen. Su padre, henchido de orgullo, le había preparado esta magnífica celebración (aunque ella no pudiera comprender con claridad, a que se debía tanto alboroto alrededor suyo) Todo el pueblo parecía estar allí, la comida y la bebida abundaban por doquier. Y nadie querría perderse, menos él y sus amigotes, tremenda comilona. Aunque por dentro sintieran repugnancia por la quinceañera, fingirían cual fariseos con tal de no perderse los suculentos manjares que se servían a los comensales.

La madre de la niña, al pasar junto a la mesa de los muchachotes, los saludó con agradecimiento, les felicitó por estar presentes. Los estimaba buenos amigos de su niña, ignorando los tormentos que ésta pasaba a manos de los sabandijas.

Continúo pasando el sueño enfrente de su conciencia, como una pantalla de cine perfecta y gigantesca. Todo lo que en él veía le causaba gran remordimiento; pero hacia añares que casi no lo recordaba.

En cierto lugar del sueño, vio a Karen tomándole de la mano y llevándolo hacia el jardín de la parroquia (estaba magnifica, su vestido resplandecía cual un hada) le habló con total normalidad; sus palabras fueron música para sus oídos, temió enamorarse de ella. Y profundamente conturbado, le preguntó; porque si era cuerda actuaba como una idiota. Ella, mientras que con su guante de terciopelo rosa le acariciaba una mejilla, enigmáticamente lanzó una risilla, diciéndole- “Algún día lo sabrás”- Cayendo nuevamente en su demencia cotidiana, como si representara una “obra” de antemano establecida.

“Algún día lo sabrás” Y despertó Monseñor con aquellas palabras martilleándole la conciencia. Preocupado por ese sueño, levantándose, tomó asiento en su lecho y descubrió el expediente que no pudo terminar de leer anoche. Tomándole con sus manos temblorosas, lo leyó:

Rafael vio con claridad la misión que llevaban adelante, por mandato Divino,

Él y los de su estirpe. Poseedores de dones ignorados por todo simple mortal. Eran el examen que tomaba el Creador, que medía la bondad de su rebaño en el trato que les dispensaban a sus ángeles encapsulados en esos cuerpos enfermos.

 

Entonces Monseñor vio la claridad como nunca antes la había observado. Cerró el expediente y lo guardó en un sobre de papel dorado, en el cual estampó su firma y el lugar del destinatario: Ciudad del Vaticano. Roma. Italia.

publicado por ismaelpepe a las 18:38 · 1 Comentario  ·  Recomendar
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Comentarios (1) ·  Enviar comentario
Querido amigo, gracias por tratar estos temas que le hacen bien a mi espiritu.
publicado por Filomeno, el 16.03.2010 18:53
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Duilio Ismael Clavero

Ismael nacio en la ciudad de Villa Dolores, provincia de Cordoba. En su adolescencia emigro junto con sus padres a la Capital Cordobesa, buscando edificar un porvenir. Escribe desde niño.Su ultimo libro es una novela que narra una historia de amor,entrelazada con aquella antigua leyenda del cacique Comechingon,y el Arcangel Uriel, que le supo contar su abuela paterna...

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