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El Angel del Regreso
Blog de ismaelpepe

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06 de Marzo, 2010 · General

"La verdadera belleza solo se ve con el corazón"


Queridos amigos de mi blogs: Aquí le traje este cuento que habla de lo bello disfrazado de horrendo. Cuantas veces el hombre en su andar diario por la ciudad, ciego por las preocupaciones de su vida, no atina siquiera mirar la belleza del mundo mágico que lo rodea. Menos podrá su mente entrenada y alienada por miles de horas frente a un televisor, hallar la belleza verdadera que se oculta tras el velo de las apariencias. Donde lo único que “importa es el envase del cuerpo” aunque por dentro este todo podrido, cual esos “sepulcros blanqueados” de los que nos hablaba Jesús de Nazaret.

Amigos, no discriminemos lo que nos parece feo, porque quizás en ello pueda estar anidando la estrella más sublime del universo. La belleza verdadera no tiene ojos, pues sólo ve con el corazón.

 

“El ojo blindado”

Por querer saber de piedras y de rocíos, de flores irisadas que él observaba con atención desde el gran ventanal de la suntuosa mansión que poseía su millonario padre. Un buen día de soles y pájaros cantores, Ruperto el deformado, se escapó con premura de su dormitorio celda, en busca de la belleza del jardín que suponía ser la verdadera. Su ojo grotesco de ciclope, grabó en su primer encuentro con la madre Naturaleza; todo el fuego de una candente rosa en su dilatada retina. Con sus dedos gordos y torpes, examinó uno a uno cada pétalo, despojándola de su vestido; comiéndola. Pero antes, oliendo y saboreando cada átomo de ella. Tratando de incorporar en él, lo que creía un don de la hermosura. Pero nadie se entrega sin dejar su pequeña herida, y la rosa al ser comida, también le clavó su espina. Un corte fino y galante en el dedo índice, del cual brotó un chorrillo que gritaba una agonía. Miró Ruperto perplejo este dolor nuevo que le nacía ¿Pensando? Que él también podía ser tintero de la roja flor; un reservorio de la hermosura disfrazada de fealdad. Aunque todos supusieran que la belleza solo venía en frascos perfectos.

El carmesí surgido de su dedo, pronto lo conmocionó. Y por mágico instinto le pasó su áspera lengua, descubriendo en ese momento; que el rojo que ostentaba la rosa y que él deglutió con ansia. También lo albergaba su dedo ¿O quizás todo su cuerpo?

En el bosquecillo de la mansión, encontró un sapo verdoso ¡Le pareció tan preciosa esta criatura! Con el dedo herido le palpó el lomo rugoso y lechoso, levemente acarició su vientre blanco. Y rió su corazón cuando éste le cantó una melodía “Croó, croco”…

De repente, sintió un fuerte ardor en su espalda jorobada y un grito fiero que decía- ¡La próxima vez que huyas de la habitación! ¡Te ato vaca deforme!- Era su hermano Rubén, quien lo apercibió con fiereza, mientras los ojazos verdes le fulguraban de odio. A empellones lo condujo de regreso a su gueto de soledad. Un cuarto desolado y frio, sin más lujos que un colchón de paja y un balde metálico que hacía de bebedero.

Cierto día, cuando la luz diáfana de la mañana llenó por completo el oscuro recinto. Descubrió para su asombro, que el agua del balde se había convertido en espejo. Devolviéndole con brutal sinceridad el espanto de un rostro contrahecho. Era infinitamente distinto a su querido hermano ¿Seria por eso que aquel lo maltrataba? ¿Qué no le quería? Bien podría haber sido más hermano de la criatura croante que halló ayer en el parque. Sin embargo, Ruperto no se sentía distinto a su hermano. Pues la rosa ya le había demostrado, que lo aparente podría ser un diabólico juego de espejos, que solo reflejaban una verdad a medias ¿O solamente mentiras?- Pero esa rosa lastima- Decía Ruperto- Y los azotes de mi hermano me duelen. “Desde esta orilla no”- Le contestó una vocecilla del fondo del balde- “De este lado, solo existe lo bueno”- Y Ruperto sumergía su mano en la faz del espejo, con ansias de tocar ese lugar que se le ocultaba. Este juego dual, de la verdad/mentira le ponía triste; ser culpable sin serlo, ser feo sin quererlo.

Una tarde, por casualidad, escucho tras puertas cerradas; una charla sostenida por su padre y su hermano. El primero le contaba del dolor que cargaba su mente, desde aquel fatídico día en que nació su hermano Ruperto. Su amada esposa se había dejado morir de pena, cuando pario al engendro. “Pues una madre no puede parir un gladiolo y después a un escarabajo”- Dijo la finada.

Ruperto de quince años cumplidos. Ruperto quería haberse muerto ahí mismo. Lloró en su cuarto establo, con hondo pesar. Mugió cual una vaca sentenciada por dos espadas, que sin embargo no mataban.- “¡Culpable, culpable!”- Decía una faz del espejo.-“Todo no es más que una mentira”- Replicaba la vocecilla del fondo del balde. Y su ojo gigante derramaba mares de sal, por la culpa de haber sido portador de infortunios. Y la sal mesclada con el martirio, se deslizaban por todo su pecho. Y al saborearla con su lengua áspera; descubrió que el sabor de la pena es salado y no amargo. Como contaban los cuentos que desde pequeñito le leía su niñera Denise. Ella se hizo cargo de su crianza, cuando su padre, un aristócrata millonario; lo abandonó por completo. Arrumbándolo en un ala desolada de la mansión, donde sus amistades no lo pudieran ver. Como si escondiera del mundo una parte de él que lo avergonzaba.

Casi nunca se juntaban el joven y su padre. Se podrían contar estas ocasiones con los dedos de una sola mano. Su anciana niñera era el único pilar de consuelo terrenal que poseía, fuente de todos sus afectos, manantial de ternura en el seco paramo de la orfandad. Ella le enseñó a leer, a comportarse como un ser humano aunque no lo pareciera. A descubrir el mundo oculto de la belleza contenida en los libros, que ávidamente devoraba con su único ojo. Sintiéndose plenamente identificado con el protagonista principal de “La bella y la bestia”. Pero la sobria Denise, también le enseñó a ser realista. A separar el grano de la chala, la fantasía de la realidad. Le explicó que los seres humanos, por tendencia innata, anhelamos zafarnos “de lo real” por el agujero de lo mágico.

-Pero el espejo habla tan lindo- Se decía Ruperto. Con él, cual válvula de escape al infinito; podía tener su propio castillo de hadas, su universo de quimeras. Soñar con los parajes más indecibles de lo no creado, donde su cuerpo tosco jamás llegaría a poner un pie. Pero tal vez sí, su alma de nube.

Y donde terminaba el universo de su cuento favorito, comenzaba la magia de su espejo de agua. Y  los azotes de su hermano, cada vez más frecuentes, no le mellaban más allá de su joroba. Y esto ensañaba más al perverso, quien se desvivía en su afán de darle más tormentos al deforme. Como si el hecho de ser un pobre niño elefante, no fuera lo suficiente. Pero el bello y perfecto, también anhelaba la pócima que al horrible hacía hermoso; diciéndose para sus adentros, conformándose- “Este monstruo está completamente chiflado”- Ya que las golpizas, las burlas, las escupidas, no lograban borrar de su único ojo, la bondad y la dicha. Enardecido, el bello vociferaba, cuando lo sujetaba por el rollizo cuello- ¡¿Por qué ríes contrahecho, porque ríes?!- Mientras Ruperto, con voz gangosa sólo respondía- Quiero la otra faz espejo, la otra faz.

Luego llegó el doctor con su diagnostico certero- Padece lecturosis aguda. Hay que extirparle con procedimiento quirúrgico su ojo de lectura. El padre consintió esa vejación, su hermano también.  Denise, abatida y apoyada contra un muro, se lamentaba- Es mi culpa, yo le enseñe a leer.

Después de la operación, lo devolvieron a su cuarto completamente cegado. Ya no podría escapar de esta dimensión con los juegos de la literatura. Ni negarse su dolor y fealdad con los juegos del espejo. Trató de buscar consuelo en el llanto y no pudo. Este mundo lo revestía con su manto de tinieblas implacables- “No pienses querido hijito”- Repetía apesadumbrada su anciana niñera- “Solo déjate ser, déjate ser”- Repetía su cerebro, tratando de hallarle un significado a tanta desdicha.- “Déjate ser” le parecía una frase inescrutable para su raciocinio. Bien podría tratarse de una antiquísima cábala hermética de dos palabras. Un especie de conjuro que derrumbaría por fin los muros de agua del espejo de agua.

-Ya no te burlaras de mi belleza, con tu falsa e hipócrita felicidad- Repetía hasta el cansancio su hermano.

-Lo hicimos para que te vieras más hermoso, hijo- Decía su padre.- El leer trae consigo la locura y la divagación. Fue todo por tu bien.- Volvía a decir, creyéndose un hombre sabio.

Adentro de Ruperto, la lluvia contenida en su espíritu, forcejeaba con la estúpida razón. Quien perdería o ganaría no podía saberse.

La inmensa  mansión no era más que una página del libro de Ruperto. Una paradoja que se caía sobre sus propias cenizas al ser devorada por el fuego de tanto dolor guardado en forma de llanto de lava hirviente.

-“Déjate ser y el llanto no te quemará”-  le dijo una estrellita que crecía velozmente en la oscuridad de su recinto.- ¡¿Quién eres?!- Gritó con todas sus fuerzas, mientras la lluvia del consuelo apagaba los vestigios de lo que había sido una portentosa mansión.

-“Soy tu ojo blindado”- Contestó la estrella- “Ven Ruperto, ven. Has despertado por fin de tu largo sueño.”

Y le mostró la otra faz del espejo de agua, que de verdad existía. Aunque los hombres desde esta otra orilla, la vivamos negando.

(Cuento perteneciente al libro “La casa del bien perdido” autor Ismael Clavero .Editorial La Solapa.)

publicado por ismaelpepe a las 22:49 · Sin comentarios  ·  Recomendar
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Duilio Ismael Clavero

Ismael nacio en la ciudad de Villa Dolores, provincia de Cordoba. En su adolescencia emigro junto con sus padres a la Capital Cordobesa, buscando edificar un porvenir. Escribe desde niño.Su ultimo libro es una novela que narra una historia de amor,entrelazada con aquella antigua leyenda del cacique Comechingon,y el Arcangel Uriel, que le supo contar su abuela paterna...

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